Pasan los días, las tardes y las noches y parece ser, todavía, muy poca gente se da cuenta de que la capacidad de sentir vergüenza es una buena brújula moral. Nos enredamos con la imagen del trío calatrava en una de sus melancólicas celebraciones mientras festejan algo que les sobra. Nos embaucan con instantáneas estúpidas, repletas de falsedad y dinero. Como si no tuviéramos otras cosas en la que pensar. El Jefe, en un intento de aceptar las disculpas de Calderón tras las malas lenguas de Schuster y Mijatovic, se coloca la zamarra blanca encima de la camisa. Haciendo valer su indiscrepada aceptación. Hablamos, luego pensamos. Porque de nuevo vivió el Camp Nou uno de los goles más tendenciosos y románticos que se recuerdan desde la incursión del extraterrestre albiceleste. La tocó Eto’o con la mano para que Xavi aprovechara el rechace. De nuevo el Tarrasense apagó el fuego. Del fanatismo a la barbarie sólo hay un paso. No importa. Villar es blanco.