El azul se tiñó de negro en otra noche agónica para el Getafe. En menos de dos semanas el equipo “pequeño” de Madrid ha perdido dos finales que ponen muy cuesta arriba el ánimo getafense y que dejan un eterno vacío que ya no consuela a nadie. Queda lejos el reto europeo pero más difícil parece todavía digerir sin amargura un trago que se repite otro año más. La pasada temporada fue el demoledor Sevilla y ésta, el cruel Valencia. Porque lejos de asemejarse al equipo ramplón y desastroso que milita en Liga los chés mostraron un plus de efectividad y creencia que hacía años no vivía la afición naranja. Tres goles de cabeza, especialidad de la casa, le dan al Valencia su séptima Copa del Rey.

 

Con 2-0 en el marcador Granero, de penalty, recortó distancias pero un inhumano Morientes, siempre viviendo al filo de la navaja, cabeceó a las redes el tercer y definitivo gol que convirtió los sueños azulones en pesadillas. El pirata fue el único superviviente en una nave que luchó, contra viento y marea, hasta el final. Con arte y calidad estrelló un balón en la cruceta que habría cambiado, de buen recaudo, el curso del partido. Pero sería injusto no valorar la carrera ascendente de un equipo que salva el honor con esfuerzo. Y ahí, en la barrera del compañerismo, nace el síndrome Ustari. El argentino, al igual que su compatriota,  falló en el momento crucial y se arrodilló ante la inteligencia del Moro. El detonante de un puesto que empieza a embrujar el sur de Madrid. Y yo, mientras tanto, sigo sin noticias de Ustari…

Una de cal: Échenle el ojo al 25 madridista

Una de arena: Al contario que Koeman, los cambios de Laudrup se ahogaron entre el bullicio