Desde la ahora tan envidiada infancia he tenido susurrando por mi mente una frase con la que he crecido: “Muerto el perro, se acabó la rabia“. Me abstengo a pruebas, no soy ningún conejillo de indias. Pero será verdad, digo yo, el famoso proverbio inmortal. Porque hasta en el Barça buscan en estas siete palabras la solución a los esqueléticos problemas que poseen desde hace ya más de 20 meses. Laporta sabe el nombre y Txiki la nacionalidad. Se irá el Gaúcho, cabecilla de turco, de un vestuario en el que le han tendido lobos, culebras y hasta ovejas. Negras. Y para no desentonar abandonará Barcelona de la misma manera que ya lo hicieron Romario y Rivaldo hace no tantos años. Confesó Xavier Sala que estaba apartado, dejando entrever que las lesiones no eran más que una simple medida de precaución para no caer en la desgracia de percibir menos dinero por el brasileño.

Ronaldinho rindió, ganó, enamoró y triunfó de la mano de un Barça en estado de gracia, reforzado con campeones de talla mundial y cautivando con un Messi que ya sí jugaba en equipo. Pero las fiestas, la publicidad, las lesiones y su físico han terminado de cargarse a un jugador del que ahora, según Segurola, deberíamos huir como de la peste. Un pétalo marchito, rojo, morado, casi azul. Desconozco si el increpado Laporta está dispuesto a soltar a su mecenas o si por el contrario, y como yo, tiene la intuición de que no por mucho madrugar amanece más temprano.