Por fin la maleducada y gloriosa flor del Real Madrid floreció. Después de ser regada con más litros de agua de los que necesita un Resort, la mimada vegetación echa sus frutos y premia al club blanco con un triunfo que, ahora sí, le deja el título en bandeja. Imposible fallar. Y no me canso de ver, oír y repetir el partido de ayer porque es ahí donde me doy cuenta de que el Madrid tiene algo muy preciado que le falta al Barça. Al Sardinero tan sólo le faltó presenciar la vuelta al ruedo de un Ramón Calderón más pletórico que su equipo ya que, siendo justos, el equipo de hombres que anunció hace ya muchos meses supo sacar adelante los partidos trascendentales.

Hemos sacado adelante una Liga regular, con goleadas, con calidad, con efectividad, con buen juego e incluso, en ocasiones, hasta con excelencia. Pero también hemos sufrido, temido, enfandado, encajado, jugado mal, defendido peor y sentido el aburrimiento. Quedan cinco jornadas, cinco partidos que tendrá el Campeón como margen de error para cantar el alirón un domingo cualquiera en su estadio. O un miércoles. Raúl encendió la mecha y se ahorró los golpecitos de pecho. Un gol suyo, de esos en los solo él mete la puntera, bastó para vestir a la afición del Atleti más merengue que nunca. Y Higuaín, ya en el descuento, terminó de iluminar el número 31 con un gol que ya no le falta, sino trabaja, se gana, se busca, se merece…