Es el síndrome de las estrellas. Cuando el sol te sonríe, el viento te azota. Ronaldo se encuentra con un regalo del cielo, un penalty clarísimo que se inventa Gaby Milito en un lance de niños y que supone, en el primer minuto de partido, un penalty a favor que puede decantar la eliminatoria sin haberse atado, ni siquiera, las botas. Pero esa es la salsa del fútbol. Cristiano, un hombre acostumbrado a marcar hasta con el culo (perdónese la expresión) falla descaradamente un penal tirado con más pretensión que intención. Y el Barça vive, o revive, porque después de esa primera gran ocasión marrada por el conjunto inglés Victor Valdés no vuelve a intervenir durante todo el encuentro.

Y es que, joder, vaya desilusión que me he llevado con el Manchester. Una DECEPCIÓN, sí, con mayúsculas, porque no recuerdo haber visto un cruce de este calibre vivido con tanta parsimonia como la que vi hoy del Camp Nou. Tampoco creo que el Barça jugara bien pero con un rival tan acongojado, incluso en ocasiones tuve la sensación de que los de Rijkaard merecieron superar a Van der Saar en algun que otro momento. Deco, la gran novedad en el once inicial, no encontró su sitio y se conformó con entregarle a Touré la batuta del coraje. Poco más tuvo el partido. Algún que otro regate Messi, diagonales y aperturas de juego de Xavi e Iniesta y un Samuel Eto’o que ahora ya se conforma con perderse entre las defensas rivales. Mal partido del camerunés, con más ruido que nueces. Y mira que no pienso que los culés se estén llevando un mal resultado para la vuelta pero, realmente, se me hace imposible imaginar un United tan sonrojante en su propio estadio. 90 minutos para el sosiego de Moscú y las duras negociaciones de Ronaldinho por delante. Quien, por cierto, no estuvo en el campo apoyando a sus todavía compañeros.