Cinco temporadas en el Ajax y la gente, impaciente, se empezaba a preguntar cuando daría el salto a un grande. Bautizado como el nuevo Deco, castaño y con seis años menos, Wesley Sneijder se erige nuevamente como el pilar base para un Real Madrid al que se le escurre la Champions como agua entre las manos. 27 millones tuvo que desembolsar el club de Ramón Calderón para llevarse al ambidiestro más apetecible de Europa, el ojito derecho de Cruyff pese a que al flaco le cueste dios y ayuda reconocer, ahora, alguna de sus excelentes cualidades. Y yo, sin embargo, sigo pensando que esa millonada ha sido una de las mejores inversiones de la era Mijatovic. Un jugador que trabaja, corre, demuestra y se gana el cariño del público a base de presión, desmarques, toques, pases, centros y goles. Un volante con recursos, de cera, de casta, con narices. No tiene el arte de Zidane, ni el guante de Beckham, pero tiene la pegada más golosa de Europa, capaz de clavar por la escuadra el balón más sucio de todo el verde.

Y Bernardo lo sabe valorar. Se ha cargado a Diarrá, a Gago y a Gutiérrez en busca de la perfecta y anhelada excelencia blanca, aunque siempre contando con Sneijder, un hombre al que el Madrid echó ¡y cuánto! de menos las casi 8 semanas que permaneció en la enfermería y durante las cuales fuimos apeados de Europa ante una Roma más delgada que de costumbre. El trabajo sucio, Wesley se encarga del trabajo menos pulcro y limpio del conjunto. Por él pasan los balones largos, la destrucción contraria y las peliagudas disputas entre guerreros mediocampistas. Airoso y latente, el pulmón que hace bombear el corazón del equipo. Infiltrado y curtido en mil batallas, el Pitbull más campeador de los últimos años vuelve para llevar al Real Madrid a lo más alto, a subirlo en el podio al que hace años ya ni siquiera es invitado…