Lejos de semejarse al equipo intratable, fiero e indomable que se pintaba hace poco más de dos semanas, el Manchester United se mete en una final que hacía casi diez años no pisaba. No terminó de aplacar y de girar esa imagen que tanto miedo generaba en Europa pero se llevó el cruce ante un Barça al que le faltó el pase definitivo y que se mantuvo sobre el campo gracias a todoterreno Deco. No estuvo mal Messi, pero sin referencias ni desmarques parece imposible marcar un gol en el que Eto’o ya no participa. Tampoco terminó de hacerla Ronaldo, pero sus acciones fueron mucho más verticales y causaron verdaderos quebraderos de cabeza a una zaga culé que veía como se alargaba más y más el campo en cada acción al contragolpe. No habrá final. Moscú ya es un sueño, o una pesadilla. De nada sirvieron los intentos de Txiki y Laporta para presionar y mentalizar a una plantilla que suma su segundo año en blanco, con claros síntomas de final de ciclo y del que vive un entrenador que, ahora ya sí, parece tener las horas más que contadas.

La rompió Scholes en el 13 con un disparo largo, escorado, bonito, por la escuadra. Cuando el Barça más lo buscaba la desgracia se alió con Zambrotta y le puso en bandeja un balón a Ronaldo que significó la sentencia más cruel que se hubiesen imaginado. Todo lo demás puro rodaje, lances fortuitos, con más idas que venidas. Tévez lo clavó, partidazo del apache al que sólo le faltó el gol. Igual que el coreano, Park. Trabajos admirables, de trote, de campeonato. Un 1-0 que deja al equipo español en el abismo, a la espera de una respuesta que habrá que buscar. Soluciones o transparencia. ¿Cuanto tiempo aguantará el soci sin sacar el pañuelo blanco?