Deco ya ha firmado su adiós en Can Barça. Lo dijo hace unas semanas entre micrófonos y con su patrocinio personal a las espaldas. Dice que no quiere estar donde no le quieren. Se han destapado muchas barbaridades porque las dos temporadas que lleva el club catalán han rozado el patetismo. Pero sería oportuno recordar que aparte del portugués las decepciones las han creado y generado otros. La flor y nata se juntó en el vestuario y es absurdo tachar de único culpable al único futbolista que fue capaz de dar la cara en sus últimos partidos. Saldrá por la puerta de atrás, como todos los cracks que pisan el Camp Nou, y será insuficientemente recordado por una afición que quiere abrirle la puerta hasta al utillero.

Joan Laporta, bastante sudoroso con el sonado asunto de la moción, prometió hace 15 días una revolución que empezaría en Guardiola y terminaría en Ronaldinho. Pasado todo este tiempo las dudas y la incertidumbre, en aumento, siguen intactas. No ha habido altas, pero tampoco bajas. El caso R10 colea, pues no parece haber club dispuesto a desembolsar, ni tan siquiera, una sexta parte del importe que indica su cláusula de rescisión. Y en la otra acera, la del orgullo herido, corre Samuel Eto’o. El camerunés sabe que la afición le ha puesto en duda y no parece que exista técnico capacitado para amansar una fiera con el corazón y la mente puestas en otra parte. Por eso me sorprende lo de Deco. Se ha hablado de Alves, Keita, Huntelaar, Piqué, Malouda, Hleb, Cesc, etc… pero no se ha pronunciado al heredero del luso que, para mí, es la pieza angular que debe reformar el Barcelona. Sin el 4-3-3 la incorporación de un centrocampista correoso, trabajador y con llegada podría retomar el protagonismo que hace 700 noches le robó cierto brasileño espigado, habilidoso, dentudo.