thiago_neves

No.

Esta vez no.

Anoche, Boca no pudo más. Ya no podrá jugar la ansiada final de la Copa Libertadores, ya que cayó en el mítico Maracaná por 3-1 ante el Fluminense de Thiago Neves y compañía. El resultado fue algo abultado para lo que se vio en la cancha, pero esto es fútbol, y los de Ischia se han valido de este tipo de encuentros para ir superando ronda tras ronda.

En eso, justamente en ese hecho, es en lo que me quiero centrar. Lo que muchos llaman “la magnífica competitividad de Boca Juniors”.

Hay que empezar, cómo no, volviendo la vista atrás y recordando por qué el club ‘xeneize’ ha logrado tantos éxitos en los últimos años, en especial en la Libertadores. Y, aparte de reconocer de que se trata de un gran equipo que, además, ha sabido renovarse con el paso de los años y el duro golpe que supone las marchas de las jóvenes figuras con destino a Europa, lo que definió y aún define a los bonaerenses es algo que salta a la vista: saber cómo comportarse en los momentos indicados.

Desde aquel partido mítico contra River Plate, hasta la aplastante victoria en el Jalisco ante el Atlas mexicano, semanas atrás, pasando por la Intercontinental lograda en Japón ante el Milan de Shevchenko, Maldini y compañía, Boca ha demostrado que es el mejor equipo sudamericano de los últimos tiempos. Muchos jugadores han pasado, otros, como Palermo y Riquelme, han vuelto, pero siempre, en ese tipo de encuentros, la magia de algunos, como el ex del Villarreal, se fusionaba a la perfección con el carácter competitivo mejor depurado. Así es como los bonaerenses conseguían pasar las rondas y se libraban de los huesos más difíciles de roer. Sin ir más lejos, así es cómo habían llegado a estas semifinales: dejando escapar la oportunidades de definir en casa, para luego jugárselo toda en la vuelta, en campo contrario, y vencer. De esta forma, sucumbieron rivales de la talla del propio Atlas -sensación del torneo por aquel entonces- o el Cruzeiro brasileño.

Y anoche, tras el empate en la ida en el Cilindro de Avellaneda (2-2), todo estaba listo para un nuevo capítulo de las hazañas de los ‘bosteros’ en su país vecino. Una semana llevábamos escuchando frases del estilo de “la albiceleste debería jugar con la camiseta de Boca cuando va a Brasil” o “Boca siempre aparece en los momentos importantes, al igual que Riquelme”. Todos nos preparábamos para un espectáculo, lejos de los colores que defendiéramos.

El partido empezaba y, cómo si no nos hubiéramos dado cuenta, nos presentabamos en el descanso con el resultado inicial en el electrónico. Más allá de la total parcialidad de los comentaristas de turno, no se veían claros indicios de aquel cuadro argentino que se mostraba implacable a la hora de la verdad. Pero, como no podía ser de otra forma, llegó el chispazo. Palermo, con algo de suerte, adelantaba a los visitantes y la misma idea revoloteaba por las cabezas de los presentes: la competitividad de Boca.

La cerrada noche de Río de Janeiro se volvía clara por momentos. Riquelme parecía despertar en algunas ocasiones, pero la magia no llegaba. La cabeza de Dátolo se encontraba en otra parte y Palacio, simplemente, no estaba. Las exageradísimas alabanzas de los locutores argentinos hacia Boca traían esperanzas para ‘la Doce’, que se mataba a golpes con la policía ‘carioca’ al mismo tiempo.

Pero no, esta vez no.

Esta vez, algo cambió, y, cuando todo pintaba bonito, el rival resurgió de las cenizas y aplastó a los vigentes campeones con tres zarpazos. Con ello, el Fluminense se plantaba en la final con el deseo de conquistar la primera Libertadores de su historia. La grada era una fiesta, la ‘torcida’ de los de Río celebraba como si hubieran ganado el torneo. En el césped, los de Buenos Aires se lamentaban, preguntándose qué había podido pasar y, por encima de todo, conscientes de la que se les venía encima.

Ya no había nada por lo que luchar, todo estaba acabado. Se terminó la prepotencia y el mirar por encima del hombro a tu máximo adversario, mientras que la noche de Brasil se volvía oscura nuevamente. Y después, las críticas, los afiches, las burlas de los de Núñez y las excusas hacían su aparición. Ya era tarde, ya había concluído todo. La situación había dado un vuelco y aquellos propósitos de triunfo dieron paso a la dura realidad.

Una dura realidad que dicta que River Plate es el líder del Torneo Clausura y que Boca, salvo catástrofe estrepitosa de los de Simeone, no podrá luchar ningún título hasta la temporada próxima.

Una dura realidad que se presentó en la cara del escudo azul y oro y le enseñó de qué va eso del resultadismo, ese amigo que tantas alegrías le trajo.

DoKiÈh – 05.06.08