Antes de fichar por el FC Bayern München y apagarse la deslumbrante estrella que le perseguía, Lukas Podolski sonreía. Quizá todavía tenía mucho que ofrecer y el Mundial de Alemania en 2006 le abrió la puerta que el Colonia sólo le dejó entreabierta. Así, con una tímida sonrisa y el brillo permanente en sus ojos azulados, Lukas hizo las maletas y se fue a Münich. Allí rápidamente se asustó con los gritos de Khan y fue, poco a poco, dejando paso a las llegadas despampanantes de las nuevas figuras que buscaban remplazarle.

Pero llegó la Eurocopa y a Joachim Löw, lejos de ser el dictador que han vendido en la prensa polaca, no se le ocurrió otra cosa que darle el peto verde en los entrenamientos y premiarle con la titularidad en el primer partido del torneo. Alemania juega y Podolski, sin pisar el freno, da la victoria a su equipo con sus dos goles. El chico rubio, de duras facciones y aspecto rebelde, se adjudica el primer doblete de la competición y se olvida de la Polonia que dicen, todavía lleva en su sangre. El rictus feliz que asoma entre sus mejillas no es propio ni del mismísimo James Dean. Este es teutón.